La vergüenza, desde una visión más científica

La vergüenza puede controlar nuestro comportamiento. Es tan fuerte que puede incluso provocarnos cambios fisiológicos. Nuestro sistema autonómico, el simpático, toma el control y hace aumentar la adrenalina, la vasodilatación de la piel (de ahí el rubor), los nervios, el aumento de la frecuencia cardíaca, el aumento de cortisol en sangre y la perturbación o confusión mental. El cuerpo se cierra, se agacha la cabeza y es difícil mantener la mirada y hacemos gestos automáticos como taparnos la cara, la nariz, el pelo, cruzarse de brazos…

La vergüenza es displacentera ya que conlleva sentirse inferior a otros. Sin embargo, tiene una función social. Ayuda al sujeto a apaciguar a los demás tras una transgresión de una “norma” social y le da más oportunidades de integración tras la transgresión de la norma. Provoca una respuesta menos violenta ante su “falla” y le ayuda a ser aceptado por el otro sin necesidad de enfrentarse con lo que el castigo social puede reducirse (Matens et al., 2012).

Está frecuentemente ligado a la culpa, sobretodo en culturas individualistas y más asociado a la subordinación en sociedades colectivas (Fessler 2004). Sin embargo, la culpa y la vergüenza no siempre van de la mano. De hecho, un reciente estudio realizado en población alemana ha publicado qué regiones del cerebro se activan cuando nos asalta la vergüenza y/o la culpa. El lóbulo temporal se activa por ambas emociones, sin embargo, mientras la vergüenza aumenta la actividad del lóbulo frontal medio e inferior, la culpa mostraba mayor actividad en la amígdala y la ínsula. Al parecer, se activan más zonas del cerebro al experienciar vergüenza que al sentir culpa, sobretodo en el hemisferio derecho. Al sentir vergüenza, se activan partes del cerebro dedicadas a la elaboración de lo que otros podrían pensar de mí y las consecuencias sociales. En la culpa en cambio, se activan zonas del cerebro que nos hablan de la normativa moral y el conocimiento de lo que está bien y lo que está mal (Michl et al., 2012)

 

¿Qué hay detrás de la vergüenza? ¿De qué nos avergonzamos?

Algunas personas sienten vergüenza de sí mismos, donde su percepción de sí mismos o algunos aspectos de su personalidad o de su físico sufren un gran desprecio por su juez interno. Sentirían vergüenza al verse que no encajan en el ideal que tienen de cómo deberían ser. Con el objetivo puesto en cómo tendrían que ser, cómo deberían comportarse, o cómo deberían ser físicamente, desprecian su propia manera de ser, su cuerpo, sus necesidades, su propio ser. Evitan mostrarse tal y como son ya que sienten vergüenza de sí mismos por no alcanzar ese ideal. Cuanta mayor la distancia entre lo que en realidad son y lo que creen que deberían ser, mayor la vergüenza y la indignidad de sí que sienten. Es un sentirse indigno de ser tal como uno es.

La vergüenza nos esconde de algo que no queremos mostrar. Muchas veces corresponde a lo que más deseamos. En palabras de Alejandro Jodorowsky “la vergüenza es sentirnos culpables de mostrar lo que somos ante quienes desean que seamos como ellos quieren que seamos”.

La vergüenza nos esconde y protege de la vulnerabilidad de mostrarnos tal y como somos ante el mundo, ante el otro. Este mecanismo a veces nos ayuda y protege a nivel social y otras puede limitar nuestra libertad de ser. ¿Cuántas veces has dejado de hacer algo por vergüenza? No preguntar sobre un tema que desconoces, no expresar la atracción que sientes por ese chico/a, no reír, no bailar, no llorar, no mostrar tus debilidades, tu tristeza, tu enfado, tu fuerza y poder o cualquier tipo de expresión genuina. Observar dónde actúa tu vergüenza y donde te limita es el primer paso para traspasarla. ¿En qué te limita a ti tu vergüenza?

La vergüenza conlleva un movimiento de contracción, de querer esconderse, de no querer ser visto, con una fuerte sensación de querer escapar. “Tierra trágame!”. El movimiento sanador para las personas que sienten vergüenza sería la expansión y la expresión de sí (cantar, bailar, opinar, pedir ayuda, verbalizar lo que uno necesita, hablar de tus sentimientos con un amigo). En definitiva, mostrarse, expresarse. Explorar este otro lado puede ser difícil y es mejor hacerlo en lugares y con personas con las que se sienta uno seguro, que se sienta querido y apoyado. Es muy sanador poder mostrar la vergüenza y lo que ésta esconde ante otra persona y ver que te quiere y acepta tal y como eres. Se trata de dar valor a lo que escondemos con la vergüenza porque es parte de nosotros. Y también dar valor a la vergüenza en sí, porque también es parte de nosotros y nos ha protegido durante mucho tiempo. La transformación no es hacer desaparecer la vergüenza sino verla, aceptarla y decidir en cada situación en la que aparezca si queremos que decida por nosotros o decidimos mostrarnos con vergüenza. Rescato el elocuente título de la tesina del terapeuta gestáltico Jordi Luis Soliva Dominguez:  “De la vergüenza del ser al ser con vergüenza”.

Mi propuesta sería que estos días observes tu vergüenza. Coge un minuto de tu vida y plantéate cuándo sientes vergüenza, qué te ocurre cuando la experimentas, cómo lo sientes y en qué parte de tu cuerpo? En qué situaciones y con qué personas? Qué escondes detrás de la vergüenza? Qué no quieres mostrar? Qué parte de tu cuerpo o personalidad te avergüenza?

 

Jason P. Matens, Jessica L. Tracy, Azim F. Shariff. Status signals: adaptive benefits of displaying and observing the nonverbal expressions of prideand shame. Cognition and emotion, 2012, 26, 390-406
Daniel M.T. Fessler. Shame in Two Cultures: Implications for Evolutionary Approaches. Journal of Cognition and Culture, 2004.
Petra Michl, Thomas Meindl, Franziska Meister et al. Neurobiological underpinnings of shame and guilt: a pilot fMRI study. Social Cognitive and affective neuroscience. 2012.
Jessica L. Tracy and David Matsumoto. The spontaneous expression of pride and shame: Evidence for biologically innate nonverbal displays. PNAS 2008.

Marta Fernández Bustamante
Terapeuta Gestalt. Terapeuta de sonido.
Doctora en Inmunología.

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