Paseando por la compasión

La compasión es una emoción humana responsable de que exista solidaridad entre las personas. El verbo com-padecer significa com-partir el padecimiento, acompañar a otro en su drama interior. Es un sentimiento amoroso que entraña empatía y respeto por el otro. Para los budistas es una emoción sublime llamada Karumà, donde uno siente tristeza del dolor ajeno y desea aliviar su aflicción. La compasión implica dos aspectos, un con-mover que se entiende por sentir tristeza al ver el dolor de otra persona y al mismo tiempo un mover-con, un querer pasar a la acción para mitigar ese dolor, solidarizarse.

Sin embargo, hay varias trampas neuróticas que sobrevuelan alrededor de la palabra compasión, y que ensucian la empatía humana con artimañas del ego. Estos mecanismos son casi siempre inconscientes y ciegos y construidos todos sobre una base de dolor real. Mecanismos que aprendemos de niños para “sobrevivir” en nuestro entorno familiar y socioeconómico. Trampas construidas alrededor de la compasión como consecuencia de la incapacidad de poner límites claros y la falta de autoestima o seguridad.

La trampa de la víctima:

Cómo utiliza la víctima la compasión? La compasión es su objeto de deseo. Así, muestra sus dificultades, su sufrimiento, su desánimo, su “no puedo sola/o”, su “es que tu lo tienes y yo no ”, …ese llanto de pucheros con el que escapa del dolor real que tiene en su interior. Utilizando la exageración y engrandecimiento de su dolor, llega a convertirlo en sufrimiento. Y en ese papel, busca la compasión. Es la necesidad de que “me compadezcan y me entiendan y que sufran lo mismo que yo estoy sufriendo”.

La trampa de la víctima es que de manera inconsciente fuerza al otro a sentir la compasión. El otro se siente culpable y percibe una especie de deuda con la víctima. De esta manera, siente una obligación de sentir compasión, de ayudar y acompañar e incluso de responsabilizarse de la vida de esa persona. No se trata del sentimiento limpio y sincero de la compasión porque está lleno de culpa y de deuda.

La trampa del buen samaritano:

El buen samaritano encuentra en cada esquina razones para sentir compasión, para ayudar y brindar su “abundante” amor. Su hilo musical sería el “Pooooooooobre”, cualquier situación o persona puede generarle pena. Y qué gana el buen samaritano en esa posición? Poder. Al contrario que en el caso de la víctima sería un: “ yo tengo lo que tú no tienes”. Y así se colocan por encima del otro, en una especie de superioridad desde donde todo es dar. Pero es un dar desde una carencia escondida, pensando en que algún día recibirá la recompensa, sintiendo que el compadecido o el mundo estarán en deuda. “yo he sido tan generoso en mi vida que merezco…”, “con todo lo que yo he hecho por ti…”. Exhibe esa supuesta bondad y ganan sentirse necesarios. La trampa es que es una compasión interesada y egoísta que poco tiene que ver con el verdadero sentimiento de compasión aunque en ese momento vivan mucho amor por su compadecido. El compadecido se puede sentir entonces desvalido, dependiente e invadido.

La trampa del escondite:

“No quiero que se compadezcan de mí”. Esta frase entraña mucho orgullo y un temor inmenso a mostrarse. A pesar de sentirse uno mal, se esconde. Y qué se gana escondiendo el dolor? Mostrar el dolor significa ponerse vulnerable frente al otro, y muchas personas asocian la vulnerabilidad a la debilidad. Lo viven como una lucha de poder y el “no quiero que se compadezcan de mí” es un “no quiero ceder mi poder, mostrar mi debilidad y que luego me apuñalen”. La trampa de este mecanismo es que se niegan a sí mismos un amor sincero y real, una fuerte empatía del otro, que otra persona pueda entenderle y ver su verdad. Y sobre todo se pierden un sostén, un momento de poder descansar de toda la carga que significa llevar encima de los hombros un dolor y no poder compartirlo. Además, por muy escondidos que estén las demás personas pueden detectar su tristeza y sentirse heridos porque no se muestran y no se dejan ayudar.

La trampa de la venda…

La venda es muy común hoy en día. Hemos vistos tantos niños africanos con barriguita porque no podían comer, que nos hemos vuelto inmunes al dolor ajeno. Y al final, pasamos al lado de personas que viven en la calle y ni les miramos y lo que es peor, nuestro compañero de trabajo, amigo, conocido, familiar está pasando un mal momento y muchas veces uno no es capaz de mostrar la compasión. Qué nos ocurre?

La venda para mí tiene que ver con la avaricia, con un no querer dar por si acaso. Seguramente se perciben con escasez. Se trata de un miedo profundo a perderse en el otro, es decir, que si uno da, no va a poder poner un límite y tendrá que dar para siempre quedándose retenido en esta relación. Es miedo a que el otro absorba mi energía o mis bienes materiales y uno se quede sin nada. Y sobre todo que quede eternamente ligado y en deuda moral y no se pueda separar. Es decir, que no puedan ser libres ni individualizarse. En esta trampa, uno se pierde la satisfacción de la ayuda al otro y el amor altruista y abierto.

La clave de la compasión es pensar, sentir, saber que todos tenemos el mismo dolor. Como la canción de Enrique Bunbury dice “No hay ni mejor ni peor, pues con la gente que tropiezo sufren del mismo dolor, es tan igual, es el mismo dolor”. Conociendo nuestro dolor, podemos ver el del otro y sentir una compasión sincera.

 

Marta Fernández Bustamante

Terapeuta gestalt. Terapeuta de sonido.

Doctora en Inmunología.

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